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Origen, derrumbe y reconstrucción de una "insigne obra pétrea" para coronar la ría de Vigo

Imagen publicada en la revista 'Vida Gallega' en mayo de 1925 de la primera fase de las obras

Imagen publicada en la revista 'Vida Gallega' en mayo de 1925 de la primera fase de las obras

Está tan integrado en el paisaje de la ría de Vigo que parece que siempre estuvo ahí, como referencia inevitable de su entrada sur, visible a diario para miles de ojos, desde mar y desde tierra. De hecho, es probable que nadie vivo recuerde cómo eran esas vistas antes de que esta "insigne obra pétrea" de 25 metros coronase Monteferro. Pero, ¿cuántas de esas miles de personas, habitantes del área o turistas, conocen la azarosa historia del monumento a la Marina Mercante Universal? Idea de un británico de la que luego se apropió el nacionalismo español más conservador, su construcción estuvo moteada de dificultades administrativas y constructivas, así como de ceremonias fastuosas regadas por champán.

El primer equívoco, para aquellos que se acerquen hasta la cumbre de la península que separa las rías de Baiona y de Vigo, surge al leer la placa colocada en su cara oriental: “Se inauguró este monumento el 28 de julio de 1924, reinando S.M. Don Alfonso XIII, por el Presidente del Directorio, Excmo. Sr. Don Miguel Primo de Rivera". Pero no. Ese día, cuando todavía ni siquiera había carretera y las autoridades —dictador incluido— subieron a caballo, lo que allí ocurrió no fue una inauguración. Más bien se trató de una ceremonia de colocación de la primera piedra, eso sí, con las obras ya en marcha desde hacía tres meses. Habrían de pasar cuatro años, con un derrumbe de por medio y una modificación del diseño original, para que se diese por finalizada la construcción, de nuevo con honores al máximo nivel.

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La azarosa historia del monumento de Monteferro, en fotos Marta G. Brea

Todo comenzó tiempo atrás, cuando al final de la Gran Guerra el cónsul británico en Vigo, Arthur Nightingale, propuso honrar a los marinos muertos en la contienda. Su idea inicial era que las islas Cíes acogiesen el edificio conmemorativo. Sin embargo, las fuerzas vivas de la ciudad se opusieron a la ubicación y lanzaron la idea de levantar el monumento en Monteferro. El influyente arquitecto Manuel Gómez Román, artífice de obras icónicas en los más variados registros, como el Banco Pastor o la Panificadora, defendió esta segunda opción. Y, a la postre, fue él quien diseñó la obra, de sobria y al tiempo ambigua tipología, a medio camino entre un panteón, un faro y una pirámide, y sin uso interior.

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Los arquitectos que cambiaron Vigo: Manuel Gómez Román, Jenaro de la Fuente y Antonio Palacios Hilda Gómez | Alba Chao

Pero desde 1918 hasta 1924 no se movió una piedra. En marzo de ese año al fin arrancaron los trabajos, con el industrial Tomás Mirambell, presidente de la Cámara de Comercio de Vigo y exmarino él mismo, a la cabeza de la Junta Pro Monumento a los Marinos. La financiación, referida con escasez de detalles la prensa de la época, se consiguió por "suscripción nacional", en la que tuvieron un protagonismo especial la Diputación de Pontevedra, el Ayuntamiento de Vigo y varios navieros, además de los ministerios de Marina de Italia, Portugal, Brasil, Estados Unidos, Inglaterra o Francia. Después, el Ministerio de Fomento aportaría 37.930 pesetas para construir la vía que, aún hoy, conecta Panxón con la cumbre. Hasta ese momento solo existía un camino que bordeaba el monte por su fachada sur, el que hoy da acceso a la zona de calas. De acuerdo con la cronología disponible, la mayor parte del monumento se levantó sin esa carretera directa; cómo se las ingeniaron para trasladar la maquinaria y los enormes sillares que componen la estructura es una cuestión no aclarada.

De aquella no había selfis ni Instagram para presumir de puestas de sol, pero las percepciones sobre Monteferro y su monumento no eran tan distantes a las de hoy. "Es soberbio, magnífico el panorama que se admira desde aquellas alturas", decía la crónica de FARO el día de la colocación de la primera piedra. Cuando la construcción cogió cuerpo, se destacaba "la admiración" que despertaba en las tripulaciones que navegaban por estas costas. El monumento se convirtió en un icono de doble dirección, como referente paisajístico y como lugar desde el que disfrutar de unas vistas de postal. De hecho, al margen del recuerdo —revestido con nostalgia imperial— a los "esforzados navegantes", las autoridades del momento insistían en que la obra sería la "nota final" para que Monteferro se convirtiese en un "lugar de atracción" no solo para los marinos, sino para la gente de la comarca y para los turistas. Mal encaminados no estaban.

Un paseo por las nubes: Monteferro, la península de hierro IMÁGENES CEDIDAS

Cuando se realizó aquella ceremonia inaugural, a la que asistieron más de 1.000 personas llegadas a caballo, en carros de bueyes o a pie, ya se había construido la base cuadrangular, de 18 m², y los dos primeros escalones. Así que lo que hizo el jefe del Gobierno fue colocar el dintel sobre los dos primeros pilares del frontón. En el cuerpo superior se situaría después la inscripción Salve Regina Marum, y , más arriba, la estatua de cuatro metros de la Virgen del Carmen del escultor Enrique Marín Higuero, que también colaboró con Gómez Román en el Banco Pastor. El discurso más prolijo de la jornada fue el de Tomás Mirambell. Impregnada del nacionalismo autoritario que caracterizaba a la dictadura de Miguel Primo de Rivera, la alocución confería al monumento el objetivo de simbolizar "el amor de España a su Marina Comercial", que tuvo un papel imprescindible en la "epopeya de la conquista de América por Castilla". "Aspiramos a que sea la encarnación de este pasado portentoso, que no ha sido hasta ahora por nadie glorificado, y además sea un símbolo de afirmación española y de confianza en nuestra raza". Tanta épica les debió de dar hambre, porque después de los discursos se sirvió un "lunch" y se consumió con gran abundancia el champagne Galicia, además de repartirse puros habanos.

Tras la ceremonia los trabajos continuaron sin problemas aparentes. Se aprobó el presupuesto para la carretera de 2.700 metros entre Panxón y la cima —el primer tramo, a día de hoy, se llama rúa Tomas Mirambell— y se inauguró también su construcción también con fanfarria. En una visita en septiembre de 1925, el presidente de la Junta Pro Monumento constató "todos los entusiasmos" del contratista, Eugenio González Romero, así como su "demostrada competencia". La construcción alcanzaba ya los 20 metros y faltaría el último cuerpo, en forma de pirámide, de otros 23 metros.

"Acaso las dificultades de acceso fuesen motivo de que las obras no se vigilasen tanto como creemos menester", admitía Tomás Mirambell tras el derrumbe

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En la primavera siguiente todo parecía marchar bien. Pero el jueves 1 de abril llegó la noticia de que el monumento se había derrumbado; "numerosos vigueses" aprovecharon que la carretera estaba recién finalizada para subir a ver el desastre. Días después, un abatido Tomás Mirambell —el disgusto le obligó "a guardar cama"— explicaba en FARO las circunstancias del colapso. Poco antes, comentaba, en una visita Gómez Román había detectado unas grietas y había mandado detener las obras para estudiar posibles soluciones, como la colocación de contrafuertes. "Acaso las dificultades de acceso fuesen motivo de que las obras no se vigilasen tanto como creemos menester", reconocía. En esas declaraciones contaba que la obra estaba terminada, "solo faltaba el obelisco", que podía erigirse entre 14 y 25 metros, y las placas conmemorativas de mármol. Solo quedó el basamento. De nada parecía valer el "acendrado cariño y vivo entusiasmo" dedicado por Gómez Román al monumento. El pesimismo reinaba en el ánimo de Mirambell: "Al Estado, ¿quién le pide más dispendios?".

Las referencias al edificio desaparecen durante justo dos años, de manera que resulta imposible determinar quién asumió los gastos de los trabajos y cómo se fraguó esa reconstrucción. El 7 de abril de 1928 el FARO publica que las fotos del monumento ya rehecho han aparecido en un libro. El 25 de mayo se da cuenta de que "las obras de la insigne obra pétrea están terminadas" y que se están realizando reparaciones en la carretera, afectada por las "incesantes lluvias". La entrega oficial al Estado quedaba marcada para el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen —protectora de marineros—, con la presencia del vicepresidente del Gobierno, el gallego Severiano Martínez Anido. Se estableció un rígido protocolo de acceso, con cortes de carreteras incluidos, para el acceso del militar y la comitiva a la cumbre. Se llevaron coronas en nombre de compañías de navegación inglesas, francesas, alemanas.

Estado actual del interior de la cripta Marta G. Brea

El colofón a la historia lo pondría, cuatro años después de aquella estruendosa primera piedra, el propio Miguel Primo de Rivera, con una visita al monumento el 7 de agosto. A las 15:00 partía desde el balneario de Mondariz para coronar Monteferro —esta vez ya en automóvil y no a lomos de un caballo— una hora y 45 minutos después. Le esperaban las fuerzas vivas y allí "admiró el monumento", según la crónica del día siguiente. Y eso que se había quedado en 25 metros, unos 20 menos de lo previsto. Esta vez no hubo champán, pero sí las quejas de la viuda de un maestro, que aún no había recibido su preceptiva pensión. Después, el dictador y marqués de Estella se fue entre ovaciones a descubrir una lápida conmemorativa por la arribada de La Pinta a Baiona. Hoy, dentro de la cripta, quedan restos de botellones, reminiscencia involuntaria de aquel primer gran lunch.

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