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Sin legitimidad no hay policía

Miembros del Cuerpo Nacional de Policía.

Pero ¿de qué vamos? ¿Es acaso nuestra policía un juguete de pim pam pum contra la que una multitud de estudiantes ociosos, o quienes se ocultan entre ellos, pueda lanzar piedras o hacerle sufrir cualquier otro tipo de quebranto por razones de tanta justicia social como el control de los botellones? En mi etapa universitaria llegué a tener un póster en la habitación con una imagen de una carga contra una manifestación estudiantil y no sé qué lema antipolicial, que en aquellos años 70 podía tener justificación dada la ausencia de calidad democrática en ese cuerpo entonces al servicio de la nomenclatura franquista. Hoy en España -no digo en otros países- sería inaceptable tal pensamiento con una policía al servicio de un régimen político parlamentario y solo desde instancias de sospechosa catadura delictiva o partidarias de la destrucción del sistema pueden explicarse esas voces que jalean perlas ideológicas como que mantener el “orden” del Estado capitalista, es el “orden” de los empresarios, la Iglesia y los poderosos y, por tanto, la existencia de la policía es opuesta a los intereses de la clase trabajadora.

Bueno, matizando un poco esos exabruptos propagandísticos de la izquierda ultra, podríamos quedarnos en que está al servicio de un régimen burgués dotado de un Estado de derecho, división de poderes y un sistema político parlamentario y representativo basado en una Constitución. Claro, menos mal (aunque haya que corregir este capitalismo cada vez más propicio a las desigualdades) si lo comparamos con la memoria histórica verdaderamente represiva de las policías de los regímenes que dicen estar al servicio de las clases populares. Pero no quería yo meterme en este jardín que, después de haber visto tanto, apenas me interesa, sino denunciar ciertos signos de alarma que se detectan aquí y allá de menoscabo de los cuerpos policiales.

Por ejemplo, esa violencia contra la policía que emerge en los encuentros masivos al aire libre para beber, como si la animadversión ante los agentes hubiera crecido. Por ejemplo, en el receloso respaldo que en un ayuntamiento como el de Barcelona dan a la guardia urbana en algunas de sus actuaciones desde partidos políticos ahora en el poder que parecen no haber superado esquemas, clichés sobre “las fuerzas represivas” y complejos heredados de la etapa de oposición a a dictadura. Por ejemplo, en la Andalucía del narco, que cada vez reacciona con mayor violencia ante las operaciones para desarticular a sus clanes. No hay nada peor que una policía desautorizada, que no se sienta respaldada por un poder democrático que, a su vez, debe disponer y hacer efectivos los mecanismos para su control en casos de desafuero como una violencia policial innecesaria o la Operación Kitchen, con multitud de pruebas que avalan la existencia de dispositivos sin control judicial y un excomisario al frente, Villarejo, metido en diversas y corruptas lides. 

Pero eso en nada representa a un cuerpo en el que se trabaja a destajo y se arriesga cada día la propia encarnadura por salarios justos para acabar en precario el fin de mes. Yo pasé en los años 70 una noche en un coche patrulla de un distrito de New York y sé que allí un delincuente que atenta contra la integridad de un policía las tiene mal dadas, porque quieren mantener el principio de autoridad sin el cual no podrían sobrevivir a la violencia urbana. Pasé también hace muchos años una noche con una patrulla viguesa y sé los riesgos que corren aún en ciudades de menor complejidad criminal como las nuestras, pero en una sociedad cada vez más neurotizada. ¿Os imagináis una sociedad sin policía o con una policía desautorizada por gobiernos débiles con todo lo que hay bajo la alfombra esperando un momento de debilidad para imponer el caos?

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