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Lugo no despierta, pero la Virgen de los Ojos Grandes no los cierra nunca

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Lugo no despierta, pero la Virgen de los Ojos Grandes no los cierra nunca Alfonso Armada

Antes de entrar en Lugo a través de una brecha en la muralla vuelvo a Galicia. Guía espiritual de una tierra, de José María Castroviejo: “La romana muralla cerca la ciudad y cerca el corazón del viajero”. Aunque luego vendrá el geógrafo y polígrafo Otero Pedrayo con sus interpretaciones no me resisto a anotar las de Castroviejo en torno a la vieja y extrañamente acogedora Lugo, como si su conciencia fuera algo natural en ella, que no necesita proclamar a los cuatro vientos. “¿Significa ‘cuervo’? ¿Significa bosque ‘sacro’? Ambas significaciones se complementarían en la curiosa tesis de Giménez Caballero, que al recordar a Plutarco (De Fluviis, VI, 4) habla de lougos, en el sentido de “cuervo” como ave propiciatoria, lo que trasladado a Lugo lleva aparejado algo de magia o hechizo.

“La otra interpretación –continúa en las páginas de su obra Amor a Galicia– es la de bosque sagrado o santuario”

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Algo así como eminencia o coto Silvano con robledas jupiterinas. Así es Lugo, un lugar eminente, con manchones aún perdurables de robledas. Un lugar que prehistóricamente sería ya, por su estratégica posición en alto y con el foso del Miño a los pies, sitio de defensa y religión, transformándose bajo los celtas en ‘burgo’, bajo los romanos en ‘castro’, y en la Reconquista como adelantado ‘castillo’. Lugo conserva aún intacta esta situación bélica y mística”. De la muralla romana propiamente dicha dice Castroviejo que “juega en toda la historia lucense un importante papel de bastión histórico contra el que arremeten los suevos –de los que Lugo llega a ser capital de su reino–, los (…) musulmanes, los piratas normandos, que después de matar a saeta en la Arosa al obispo Sisnando, que defendía el camino de Compostela, desbordan a Lugo, llegando hasta las montañas del Cebrero; el hagib Almanzor, terror de doncellas, en 997; el famoso conde Rodrigo Ovequiz –uno de los condes que gobernaron a Lugo en la Alta Edad Media–, que anduvo en oscuros conciliábulos con Guillermo el Conquistador; los franceses de Napoleón, que la mando de Soult y Ney logran ocupar, hasta ser expulsados meses después, en enero de 1809, la ciudad, en la que cometen toda clase de excesos –saqueos, sacrilegios, incendios, violaciones, llevándose, tan sólo de la catedral, 3.775 onzas de plata con muchas alhajas de oro y piedras preciosas; el general don Miguel Solís y Cueto, que en abril de 1846 inicia en Lugo –adonde había venido oficialmente como enfermo (no encontré acomodo en el balneario, que se mira en el río, y que bien me hubiera venido para curar algunas melancolías)– su romántico y generoso movimiento contra la dictadura de Narváez…”. La historia sigue, como ha seguido y seguirá, pero aquí la dejo al albur de los curiosos que quieran seguir indagando en el ser y la nada de Lugo. Sí quiero recordar una remota noche de invierno en que llegamos envueltos con lluvia y frío, mientras en el espacio El ojo crítico, de Radio Nacional, Modesta Cruz daba la noticia de la concesión del Premio Nobel de Literatura a una desconocida poeta polaca llamada Wislawa Szymborska, que con el tiempo se convertiría en una constante compañera de viaje. Recuerdo aquel momento también porque Modesta recitó un poema en el que hablaba de Hitler niño y la niña, que entonces era muy niña, en el asiento trasero del coche se estremeció de miedo. El poema se titulaba Primera fotografía de Hitler, y rezaba:

 “¿Y quién es este niño con su camisita?

Pero ¡si es Adolfito, el hijo de los Hitler!

¿Tal vez llegue a ser un doctor en leyes?

¿O quizá tenor de la ópera de Viena?

¿De quién la barriguita llena de leche? ¿No se sabe todavía?

¿De un impresor, de un médico, de un comerciante, de un cura?

¿A dónde irán estos graciosos piececitos, a dónde?

¿A la huerta, a la escuela, a la oficina, a la boda

tal vez con la hija del alcalde?

.

Cielito, angelito, corazoncito, amorcito,

cuando hace un año vino al mundo,

no faltaron señales en el cielo y en la tierra:

un sol de primavera, geranios en las ventanas,

música de organillo en el patio,

un presagio favorable envuelto en un fino papel de color rosa.

Antes del parto, su madre tuvo un sueño profético:

ver una paloma en sueños, será una buena noticia;

capturarla, llegará un visitante largamente esperado.

Toc, toc, quién es, así late el corazón de Adolfito.

.

Chupete, pañal, babero, sonaja,

el niño, gracias a Dios, está sano, toquemos madera,

se parece a los padres, al gatito en el cesto,

a los niños de todos los demás álbumes de familia.

Ah, no nos pondremos a llorar ahora, ¿verdad?,

mira, mira, el pajarito, ahora mismo lo suelta el fotógrafo.

.

Atelier Klinger, Grabenstrasse, Braunen,

y Braunen no es una muy grande, pero es una digna ciudad,

sólidas empresas, amistosos vecinos,

olor a pastel de levadura y a jabón de lavar.

.

No se oye el aullido de los perros, ni los pasos del destino.

El maestro de la historia se afloja el cuello

y bosteza encima de los cuadernos”.

 

No hay nadie. Soy el único. Todo el perímetro torácico de la muralla que dibuja Lugo para que en el cielo la lean de un plumazo entre siesta y siesta la tengo para mí. Me encuentro con una figura que parece ensimismada. Al acercarme me doy cuenta de que se trata de Anxel Fole, de hierro, con el bozal de la mascarilla, que un bromista o un caritativo le ha endilgado como afrenta para él, verdadero lápiz del alma lucense, como recordatorio para nosotros. No muy lejos, el escaparate de una librería reclama mi atención. Es un poema de Rosalía de Castro que ilumina el vidrio, uno de sus muchos, hermosísimos, poemas en castellano. En más de una ocasión he dicho que En las orillas del Sar a veces me conmueve tanto o más que sus poemas en gallego. ¿Es un sacrilegio sentirlo, decirlo, publicarlo? Lo escribió en 1858, exactamente cien años antes de que yo naciera:

 


“Yo sin embargo soy libre

libre como los pájaros

como las brisas

como los árabes en el desierto

y el pirata en el mar.

Libre es mi corazón

libre mi alma

y libre mi pensamiento

que se alza hasta el cielo

y desciende hasta la tierra

soberbio como Luzbel

y dulce como una esperanza.

Cuando los señores de la tierra me amenazan

con una mirada

o quieren marcar mi frente

con una mancha de oprobio

yo me río

como ellos se ríen

y hago en apariencia

mi iniquidad más grande

que su iniquidad.

En el fondo, no obstante,

mi corazón es bueno

pero no acato los mandatos

de mis iguales

y creo que su hechura

y que su carne

es igual

a mi carne”.

 

Sólo me cruzo con dos barrenderas, que me muestran el camino de la catedral, y luego lamentaré, porque será tarde, no haberles preguntado por su vida y, sobre todo, qué era Lugo para ellas, que barren la ciudad, la miden con sus pies, ponen las calles para que cuando despierten los vecinos se la encuentren igual que siempre, intacta para seguir viviendo sin conciencia de la vida. “Antigua ciudad, capital romana (convento jurídico) y eclesiástica de la antigua Galicia, situada en un espolón de la penillanura sobre un amplio meandro del alto Miño”. A veces para ver el paisaje que no vemos con nuestra pereza y el farallón de los ensanches hace falta pasarle la palabra a un lector antiguo, con buena memoria, y tino, y ojo de águila, como Ramón Otero Pedrayo, que no duerme nunca para los que seguimos abriendo sus libros como biblias de luz íntima que baña las manos como un fuego que calienta y que no quema. “La etimología latina lucus (bosque sagrado) envuelve un Lug céltico y es la misma de Ludgunum (Lyon), Leyden. Centro importante, castro dominador, aparece en el tiempo romano desde Augusto como capital del convento jurídico de la Galicia del Norte y de los gallegos (lucenses)”, se lee en la impagable a pesar de las vías rápidas, las autovías y los caminos de hierro Guía de Galicia: “De su importancia como nudo de comunicaciones, unido por vías con Braga y Astorga, son testimonio, además, la epigrafía, la numismática y los numerosos restos arqueológicos. El hermoso mosaico –hoy una parte en el museo de Lugo, la mayor en el Arqueológico Nacional– descubierto en 1846, en la calle de Batitales y perteneciente a un templo de Diana, así como los restos de otros, de cloacas, la fábrica de las Termas y sobre todo las grandiosas murallas que aún envuelven íntegramente la ciudad antigua, prueban el valor de Lucus Augusti”.

 

Atravieso la Plaza Mayor como un fantasma. Son las siete de la mañana y la ciudad duerme. La piedra habla quedo y yo me siento abrumado por la belleza impenetrable de la catedral y de la soberbia y democrática escalinata del pazo episcopal que es el mejor anfiteatro para admirar el hermetismo de la casa de Dios, montaña de piedra domesticada. ¿Por eso nos gusta pensar que la palabra es elocuente, y tanto esmero ponen los canteros y los escultores en que diga solemne cuando la noche está al acecho como un gran lobo metafórico? Este conjunto arquitectónico enhebra política y religión e incrusta la confluencia, como una declaración que nos asombra, conmueve, estremece, en el centro de la urbe, escenario de las casas más armoniosamente burguesas y bien cimentadas de la ciudad, palco de gloria para confirmar que Dios y el poder están de lado de los que han visto su biografía bendecida por gracia y por la suerte (es decir, el dinero), a la manera calvinista, pero con los matices que han suavizado nuestro capitalismo y lo han alejado quizá para siempre del rigor del norte europeo. Y su pasión por la verdad. Aquí creemos de otra forma, disculpamos la mentira, nos perdonamos, somos pícaros de Dios, disimulamos, somos caritativos y compasivos a nuestro modo, levíticos, pero con moderación, a menos que se caliente las huestes y lleguemos a las manos, como con tanta ferocidad ocurrió en un pasado que ojalá sea para siempre remoto… Cuando siguiendo el eco de mis propios pasos llego ante la fachada compruebo que no es su cara más lograda, pues contradice sus esencias románicas, la verdad de la noche, que es por naturaleza menos suntuosa y menos cartesiana. La pesadez de lo neoclásico, que no siempre propicia la fe, o al menos la que a mí me gusta recordar, la que en días como este añoro. Le cedo la palabra a Otero Pedrayo, que lo dirá con más enjundia y elocuencia que yo: La fachada principal “es fría, pomposa y no bien proporcionada por su demasiada latitud. Es composición de columnas, ventanas sobre las puertas y frontón sobre la central, balaustrada superior, con estatuas, y pilastras, ventanas y nichos en el cuerpo inferior de las torres gemelas, en los superiores se decoran con pilastras, balconadas, medallones y obeliscos”. Tiene su lógica que la rampa que me conduzca de forma suavemente inexorable a la muralla sea la de la puerta de Santiago, sin haberlo previsto ni pensado.

 

Me lanzo como un agrimensor a recorrerla. Hace rato que me crucé con el procónsul Cayo, que corría, solo, sin escolta, confiado de su propio poder y del temor que inspira en los súbditos lucenses. Vestía faldellín y coraza de cuero, amén de unas elásticas sandalias bien cosidas por uno de los más afamados zapateros remendones de Roma. La ciudad duerme. Da lugar a pensar, apocalípticamente, que no volverá a despertar nunca. También me permite jugar con el engaño que la fotografía propicia, porque también puede mentir. Porque las imágenes que hoy estoy tomando, de plazas y calles sin un alma, podrían servir para mostrar una ciudad muerta, despavorida, con los vecinos encerrados en sus casas a causa de la epidemia de coronavirus. Como cuando el confinamiento, con toda la ciudad aterrorizada, encerrados en sus residencias por edicto de Roma. Pero no. Es domingo, 15 de agosto, día de la Virgen. Son las ocho menos veinte de la mañana y en Lugo no hay la menor prisa por volver a la vida. Por fin, a las ocho, una vecina, como si me hubiera leído el pensamiento, lucense amiga de la telepatía, a lo lejos, en bata, cobra existencia como el muñeco de un ventrílocuo del que por fin ha logrado independizarse. La saludo como si fuera el primer pájaro que vuelve con un ramito de olivo en el pico, con alegría, y me devuelve, divertida, anónima, el saludo. No conoce los meandros sombríos de mi pensamiento. Porque la sensación que sigue predominando en mi ánimo es que la ciudad no quiere despertar. ¿Para qué? Casas abandonadas, casas quemadas, casas cerradas quizá para siempre. Casas durmientes, casas a la espera, casas perdidas. Se vende. Se vende. Se alquila. Se vende. Ruinas, casas impecables, inmuebles precarios, a la deriva, inhabitables, intactos, codiciados, despreciados, sin postor, mudos. Por toda Galicia, una sensación semejante, una epidemia que parece un mal propio de la piedra, de la duración. Por una parte, las muchedumbres, el turismo, ávido como una plaga de langostas. Por otra, las viejas ciudades. No sé qué va a ser de nosotros. Termino mi recorrido en el mismo lugar en el que lo empecé, no sin antes volver a cruzarme con el falso procónsul, al que después, como un pagano que encontró el amparo de la luz, reconoceré sentado en la catedral, solo, sin escolta.

Bajo al río siguiendo la lógica de la geografía, pero también la aparición de los primeros peregrinos que salen de la ciudad, como es de imaginar, por la puerta de Santiago. El río tarda en aparecer. Hay que bajar sin desesperar de que le dé sentido a la pendiente, al vado, al foso. Finalmente, como lo inevitable, llega. No lleva mucha agua, pero sobrevive y sirve de espejo a una garza y a mis pensamientos, que observan con nostalgia de lo vivido, saudade pervertida, el balneario, con todas las ventanas cerradas. Como si en vez de balneario fuera inmenso panteón, cementerio de la codicia y del culto al cuerpo, al hedonismo sin segundas lecturas, sin metafísica.

 

Ya solo queda entrar en la catedral, plantarse ante la Virgen de los Ojos Grandes y desayunar en Madarro, la mejor confitería de la ciudad. La de la Virgen es la capilla más concurrida de la catedral. Todavía no son las nueve de la mañana y sus incontables devotos ya acudieron bien pronto a contemplarla y a rezar. Será más tarde ese mismo día cuando Elba, al recitar uno de los poemas de su hombre, recuerde los versos de un libro que editó la Xunta, pero que nunca se distribuyó, y que además no respetó el título original que para él había pensado su autor: Améto mítico. Escribe Uxío Novoneyra y ahora lo puedo rescatar porque de Lugo saldré con un imán en el bolsillo que en realidad es una brújula que me devolverá donde este retorno al país natal comenzó, a Pedrafita do Cebreiro. Desde la meta, ahora volante, Uxío Novo me llevará donde su madre para que este libro acabe en mi regazo, para que lo atesore mientras la vida me tenga, y ha de saber quien todavía aquí siga leyendo que hay poemas que solo viven cuando se dicen en voz alta, como hacía el propio Novoneyra, verbo por el que habla el Courel, los tesos, la inmensidad del cielo y la tierra, Galicia:

 

“Pasadas tódalas Francias

por Ocitania ou Gascuña

ou de París a Iruña

xa diluidas distancias.

A Aragón por Cataluña

ou polo Norte por Son.

En pasádalas Navarras

as cadeas e as barras.

Pasados León e Castela

por Castela a León.

En pasado Monte Irago

e xa en Lingua de Galicia

Ponferrada e Vilafranca

deixando a chaira estanca

enas mesmas portas dela.

O Valcarce e sin perguicia

/as penas da garamela/

apeitar para o Cebreiro

polo marcado carreiro

que a neve volve vago.

Encarar o porto incerto

o longo cerengo aberto.

A un lado i autro del

todo o horizonte en vela

os Ancares i o Courel.

Pasada Triacastela

do Iribo as faldras fago.

E por Samos Sarria a Lugo.

Oh Lugo a ti me adugo

e sólo por ti me arredo

que ben mereces desandes!

Ver a ponte a antiga vía

a Muralla a Catedral

de Dona Santa María

o Coro e o Grial.

E ver fincadas rezar

coma co antigo medo

poñer a súa alma núa

didiante dos Ollos Grandes.

E despois de rodear

de rodear e de estar

que non se fai o Camiño

sólo para o rematar

cruza e debruza no Miño:

Portomarín sulo lago.

Palas Melide Arzúa.

E logo xa Compostela

/Monxoi! Eoi! Ei Santiago!/

e pararme á vista dela

mirar como eu o fago”.

 

Lo data Unxío Novoneyra en 1993 y yo, que pierdo la memoria como se pierde la vida, me salvo porque ese año volví por tercera vez a Sarajevo. Escribe Novoneyra y rehago el viaje, vuelvo sobre mis pasos, los lugares que vi con mis ojos, que recorrí con mis pies, y los que quedaron en la orilla, hasta esta mañana extraña de Lugo en la que por fin me vi ante la Virgen de los Ojos Grandes, que se deja ver y se deja hacer, acaso porque tras tanta devoción se esconde la inmensa orfandad de todos los que buscan amparo y consuelo en una imagen que no dice nada, pero que escucha nuestras oraciones con los ojos abiertos. Es una Virgen nueva, pero también sensible a las necesidades del mundo y de la gente. De ahí que los ángeles no dejen de jugar a su lado. Ayuda tener una Virgen con la que hablar. Observa José María Castroviejo que la de los Ojos Grandes es la capilla más bella y armoniosa, y añade: “La imagen pétrea, de gran antigüedad, en la que Nuestra Señora da el pecho al Niño, llama la atención por la expresividad de los ojos de la Virgen, de donde ésta toma el nombre”.

Para mi sorpresa, Madarro también despierta lentamente, como si tuviera legañas que lavar con agua tibia. Los lucenses que frecuentan esta confitería donde hasta las noticias que traen los periódicos parecen del siglo XIX son de los que no madrugan. El amanecer arrastra los pies como un tren que no tiene la menor prisa por alcanzar su destino. ¿Acaso la metáfora final del viaje no es la muerte? Como si todo pudiera acontecer llegado el momento, y por lo tanto puede esperar. Como escribió en Otra idea de Galicia uno de sus hijos más ilustres, Miguel-Anxo Murado, “en Galicia, las ciudades no se dan bien”, y para dejarnos un regusto extraño, este lucense afincado hace años en Madrid, como yo, dirá, sin temor a que lo excomulguen, que “cuando un escultor de Lugo emplee a una modelo local para su imagen de la Virgen de los Ojos Grandes, la representará con el cuello hinchado y los ojos dilatados que le dan ese nombre: son los síntomas del hipertiroidismo, una carencia nutricional grave que padecían muchos gallegos. La miseria, literalmente, se les veía en la cara”. ¿Ya no es así? Ya no lo es. Pero la devoción continúa, y Lugo es más que lo que digo y lo que veo. 

“¿Y quién es este niño con su camisita?

Pero ¡si es Adolfito, el hijo de los Hitler!

.

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