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La larga cuenta atrás de Toni

Fernando Aramburu, autor de ‘Los vencejos’. José Luis Roca

“Los vencejos”, primera novela de Fernando Aramburu después de “Patria”, es una exploración del sentido de la vida en la mediana edad, muy bien armada para incentivar la lectura, pero algo cargada de paginación

Lea la solapa de esta novela y consulte a su librero. Puede producir desengaño: no es Patria. Esta advertencia tendría que figurar, como en los anuncios de medicamentos, en la faja de la nueva obra de ficción de Fernando Aramburu, Los vencejos. No, no es Patria en absoluto, la obra ya de lectura imprescindible del autor vasco, que ha vendido 1,2 millones de ejemplares, ha sido traducida a 34 idiomas, tiene serie en HBO y, como es más bien de lomo grueso y abulta, disfraza de experto lector a los que apenas han leído más que Patria. No. Los vencejos es otra cosa. Otras muchas cosas. Y la primera de todas es, hay que reconocérselo a Aramburu, una muestra de arrojo: ha tenido la valentía abandonar la senda que tanta fama y lectores la ha dado y adentrarse en la patria interior de Toni, su cincuentón protagonista, ese hombre desengañado que mira constantemente buscando augurios en el vuelo de los vencejos que rotulan los cielos de Madrid. Toni, que ya en la primera página anuncia el comienzo de una cuenta atrás de un año que le conducirá, o no, a su suicidio. Eso lo sentenciarán los vencejos. Y mientras llega el momento definitivo, cada noche irá escribiéndonos sin mucho aspaviento cuanto le ocurre y cuanto le ocurrió, a fin de esclarecerse, deshacer el ovillo existencial y cruzar a la otra orilla –si es que finalmente ejecuta el suicidio– con los deberes hechos.

Patria era un asunto público, de Estado, la historia entrelazada de dos familias vascas que también era nuestra historia. Patria explicaba, acaso mejor que un libro de Historia –he aquí cómo la ficción muestra mejor que nada la verdad– lo enmarañado del sangriento conflicto etarra que tantos muertos y sufrimiento causó. En Los vencejos, por contra, Aramburu se retira a lo que acontece intramuros y cuenta ese otro conflicto que no causa menos muertos: el puro acontecer de la vida. Y, en concreto, la vida observada cuando ya se presenta casi cumplida y nada ha salido como se esperaba. En ésas está Toni, un profesor de filosofía de cincuenta y tantos, con un matrimonio fracasado, un hijo desastroso al que a veces aborrece, un amigo traumatizado y votante de Vox… Sólo cuenta con dos asideros fiables: su perra “Pepa” y una muñeca hinchable de última generación llamada “Tina”. Y en esa peripecia ha de acompañarle el lector a lo largo de 698 páginas.

Sí, es otro “tocho” de Aramburu, como Patria. La pregunta, una vez completada la aventura de Toni de la primera a la última página, es si este viaje necesitaba tanta alforja. Posiblemente, no. Frente a esa duda, azuzada por algunos episodios que parecen un callejón narrativo sin salida –como la aventura que el protagonista tiene con Diana, la madre de una alumna–, ha de saberse que Aramburu es un narrador algo parsimonioso, pero también un maestro dosificador que sabe tirar del lector con constancia. La extensión de los capítulos, breve y justa, consigue, al igual que pasaba en “Patria”, incentivar una lectura que se ejercita como el que come pipas: venga, otro más. También, a medida que transcurre la novela y esa cuenta atrás se va consumiendo y se acerca el suicidio (o no), crece el interés por conocer la decisión de Toni, por saber qué hará con una vida que, para qué negarlo, está hecha escombros.

"Aramburu es un narrador algo parsimonioso, pero también un maestro dosificador que sabe tirar del lector con constancia"

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Y quizá esa sea una de las virtudes principales de la novela. Que Aramburu no renuncia a servirnos sus buenas cucharadas de amargura y sordidez, procedentes de unos personajes en ocasiones repulsivos, pero a los que tampoco hurta la posibilidad de redimirse. Los echa a rodar por sus páginas y los obliga a mostrar sus ruindades, que no son pocas: la servidumbre de Toni con el sexo, el desprecio que manifiesta ante un hijo sin todas las luces reglamentarias, la náusea que le produce la pacatería de su hermano Raúl o los manejos de su exmujer y la amante de esta. Hay mil… Pero, junto a tanta pequeña miseria, brota tímidamente la emoción, el perdón, la generosidad, el brillo de la amistad y hasta el amor. En resumen, esa mezcla de blancos y negros que nos embadurna a todos a diario. En ese equilibrio tan realista y nada dramático reside el valor principal de Los vencejos, donde Aramburu muestra que, si bien la vida puede ser una mierda de las gordas, también puede ser fácilmente lo contrario.

Toni es un tipo desencantado, un “triste pensador de cosas pensadas por otros”, como dice el protagonista citando a Galdós, un hombre de mediana edad que en ocasiones se siente sucio y fracasado, al que le gustaría “albergar un alma”, que se confiesa militante del PPE, el Partido de los que Prefieren Estar solos, que ha aprendido en carne propia cómo la vida no se construye a voluntad, sino por la fuerza de la costumbre y de la cobardía, hasta que ya casi no queda vuelta atrás. Sin embargo, pese a los reveses y desprecios acumulados, no es violento y, paradójicamente, el tiempo de descuento que se ha impuesto, incentiva en ocasiones sus ganas de seguir respirando. Porque, como él mismo dice citando a Cioran, en esta novela el suicidio funciona “como un pensamiento que ayuda a vivir”. Así es Toni: “No soy católico, no soy marxista, no soy nada, solo un cuerpo con los días contados como todo el mundo. Creo en unas pocas cosas que me dan gusto y que son cotidianas y visibles. Creo en cosas como el agua y la luz. Creo en la amistad de mi único amigo y en los vencejos que, pese al aire contaminado y el ruido, vuelven todos los años a la ciudad, aunque sospecho que cada vez hay menos”.

Los vencejos, Fernando Aramburu, Editorial Tusquets, 704 páginas

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