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Los efluvios eternos de la política

David Trueba retrata de forma descarnada, implacable e irónica la trastienda de la política nacional en su novela “Queridos niños”

El escritor y cineasta David Trueba. GREGORIO MARRERO

La política es a la vida lo que un gourmet a un buen chuletón y a un vino tinto de cuna alta. La política somos nosotros, los ciudadanos que votamos cada cuatro años y asistimos estupefactos a las disputas indignas de izquierdas y derechas en un Congreso de los Diputados que ya no es sino un enorme plató de televisión en el que el espectáculo debe continuar, pese a quien pese, como una enorme e insofocable hoguera de las vanidades. Portadas, artículos analíticos y de fondo analizando movimientos en los tableros nacionales de la política que nos lleva, sesudos comentarios en tertulias radiofónicas indecentes, conversaciones de café entre finos estilistas de la palabra que pronuncian apellidos de políticos en sus eternas columnas para ver si alguien los lee, ciudadanos talibanes, periodistas que flotan, discursos mentirosos pero evocadores... en fin, esa es toda la patulea que puede encontrarse el lector avisado en el nuevo trabajo de David Trueba, director de cine con recorrido y grandísimo escritor que ha cuajado un puñado de novelas memorables en la postmodernidad y que pasará a la historia más por lo escrito que por lo filmado, aunque lo segundo no desmerezca a lo primero. La nueva novela es, de nuevo en Anagrama, “Queridos niños”, uno de esos trabajos que nos pintan la cara a los españoles y nos retratan mejor de lo que nosotros mismos creemos, porque los políticos somos nosotros, por mucho que no queramos.

El argumento es este: Basilio pesa 119 kilos, tiene un hijo con el que prácticamente no habla, una exmujer que aún lo quiere, es alcohólico, cruel y desalmado, pero aún puede salvarse siempre que la rueda de la política, que lo saca de su retiro dorado en un chalé en el que convive con dos perros que se cagan en el jardín y una asistente filipina que lo masturba de vez en cuando, le dé la oportunidad de redimirse. Y eso ocurre: la nueva líder del partido conservador, Amelia Tomás, una profesora universitaria casada con un profesor que la deslumbró cuando era muy joven, parece una sexagenaria capaz y honrada y brillante. Tal vez algo timorata e inocente. Y, al ponerse en marcha la campaña, llama a Basilio, a quienes sus enemigos conocen como el Hipopótamo, para que la asesore, le escriba discursos con gancho y que vayan al hígado, para que imprima a su campaña la dosis justa de mala leche que todo político, por poco que se precie, siempre debe ofrecer entre ingredientes de recetas económicas y de políticas sociales.

La novela funciona como una brillante y atrevida sátira del momento político actual, porque hay partidos populistas en los dos extremos, un partido socialista (nunca los identifica por su nombre comercial, sino que los califica groseramente) y en la imagen fija de la política vemos también al niño pijo capaz de manejar las redes sociales con brillantez, a la asesora política joven y sedienta de poder sin tener la preparación adecuada y las relaciones forjadas a lomos de la corrupción y las voluntades satisfechas en partidos históricos de la democracia a los que seguimos votando sin que se nos caiga la cara de vergüenza. No salen bien parados ni los periodistas ni los políticos ni sus asesores, y, a la trama principal, sustentada en una eterna sucesión de ciudades que Tomás va visitando a medida que avanza la campaña, se une una trabajada subtrama en la que Basilio, pese a ser un tipo de cincuenta y tantos que se dice descreído de todo y vencido por la desidia, fomenta una tensión sexual no resuelta con una de las asesoras de Tomás y, sobre todo, se debate entre su admiración por ella, que podría desbordarse hacia un sentimiento aún mayor, aún más noble, y el sentido del deber, muy peculiar en este caso. La novela, narrada en segunda persona, es más lenta en cuanto al ritmo que algunos de los anteriores trabajos de David Trueba, pero el vértigo de la política espectáculo hay que contarlo así: poco a poco, para que nos recreemos en los detalles.

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