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Nada más parecido a un nacionalista que otro nacionalista. Les identifica una pasión desmesurada por lo concreto y próximo, el terruño. La pasión nacionalista se expresa –aunque no solo– en la política, en la toma de posiciones políticas. Su visión de la realidad está siempre condicionada por el color de esta lente. Si la reforma laboral, pongamos por caso, o las pensiones, la reindustralización o la vivienda favorecen adelantar en el camino de la identidad, bienvenidas sean aquellas reformas; en caso contrario, siempre habrá otras viejas banderas que ondear.

Arnaldo Otegi es un nacionalista vasco extremoso; lo ha sido siempre. Un nacionalista sin titubeos ni marcha atrás. Andando el tiempo los he conocido idénticos en Galicia, Cataluña y por supuesto España. Unos bajo el disfraz del carlismo y la ley vieja; otros, con una alambicada y forzada retórica marxista; los de más allá, envueltos en la bruma imperial o aún en tareas medievales de reconquista. Todos ellos tratando de imponernos a los demás el aroma antiguo, quieto y mítico que guardan con celo en sus redomas.

Nacionalismo y política casan mal, sobre todo en estos tiempos de postmodernidad descreída, política líquida e hiperliderazgos personalistas. Los nacionalistas quieren complementar lo inmutable de su reivindicación de la tierra –y a veces la sangre– con el ‘aggiornamento’ de las luchas medioambientales, los derechos LGTBI o los desahucios. Pero bajo la piel de cordero siempre acaba asomando la implacabilidad de los mitos fundacionales: raza, territorio, lengua y un sucedáneo de cultura limitada a la etnografía. Otegi, un nacionalista visceral, vive en su biografía esta contradicción de lo inmutable y lo fluente. Su vida, desde el inicio hasta ahora mismo, es la historia del independentismo radical vasco y su búsqueda de una salida política para toda la presión mítica acumulada. Ajenos al patriotismo constitucional europeísta de Habermas, vuelven al interesantísimo Herrero de Miñón en sus tesis del plurinacionalismo y los Derechos Históricos en nuestra vieja piel de toro.

Se le pide, al fin, a Otegi algo que no puede dar: moralidad. Solo en el recorrido de Maquiavelo a Ortega hemos aprendido varias lecciones sobre la dificultad de enhebrar política y moral. Otegi, político puro, tropieza y se traba cada vez que remedando a Azaña, intenta hilvanar tres palabras en su caso imprescindibles: “Paz, piedad, perdón”.

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