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Faro de Vigo

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Los hospitales, para los vacunados

El doctor Luis Enjuanes es, si no el mayor experto en virología de España, el más conocido y respetado por sus colegas del ámbito sanitario. Y ello hasta el punto de ser considerado como el padre de la vacuna española contra el coronavirus. El doctor Enjuanes es, por tanto, una eminencia, una mente privilegiada en lo que a la virología se refiere. Y sus opiniones en este campo deben ser no solo respetadas, sino tenidas en cuenta por todos los profesionales sanitarios de nuestro país.

Ocurre que, sin embargo, pese a sus vastos conocimientos sobre virus y vacunas, el galeno padece un mal que hasta ahora no le había sido diagnosticado y que, muy a nuestro pesar, todavía no tiene cura. Sufre de verborragia, de una verbosidad desmedida que le empuja violentamente a opinar sobre todo aquello que se le pregunta (o no), sin valorar de forma previa si posee conocimientos fundados en el estudio y la reflexión o si, por el contrario, sabe las cosas porque las escuchó en la barra de un bar.

Es lo que se desprende de sus últimas manifestaciones públicas, en las que, sin pudor alguno, ha dicho que la Seguridad Social no debería hacerse cargo del tratamiento de los no vacunados del COVID si este les ocasiona problemas de salud. “Ellos –continuó– tienen que sopesar las consecuencias y hacerse cargo de los gastos que origine”.

Esto, queridos lectores, es una aberración jurídica y moral. Y desde que se introdujo en mis oídos, el profundo respeto profesional que siento por el doctor Enjuanes ha pasado a un segundo plano para dar paso a otro sentimiento, totalmente contrapuesto, cual es mi animadversión por su carencia absoluta de empatía, cuyos niveles se asemejan a la de la ameba.

Según él, quien no se vacune y contraiga la enfermedad, no debería poder acceder a un centro sanitario público, sino que, en su caso, solo podría acudir a uno privado. Si se trata de una persona con recursos podría hacerlo sin problema, de modo que si empeora lo más probable es que, estando asistido, se salvara. Pero si no, si quien no se vacuna y se contagia no tiene dinero en el banco, no tendría otra opción que permanecer en casa y rezar para no fallecer.

Y digo yo, que no fumo ni pienso hacerlo, ¿por qué tengo que pagar los gastos para la curación de un fumador al que se le ha diagnosticado un cáncer de pulmón? ¿Por qué tengo que sufragar la curación de un conductor que ha tenido un accidente de tráfico sin llevar puesto el cinturón de seguridad? ¿Por qué mis impuestos se usan para asistir a un obeso que, a pesar de saber que la bollería industrial es nociva, la sigue consumiendo? Y esto no es todo, ¿qué me dicen del aficionado al buceo que voluntariamente realiza una inmersión y sufre un accidente? ¿Por qué tengo que abonar el coste del uso de la cámara hiperbárica? ¿Y el escalador que cae al vacío mientras asciende por una pared en sus vacaciones? ¿Por qué tengo que pagar su traslado en helicóptero al hospital?

"Los valores y principios que hemos interiorizado desde pequeños nos impedirían decirle a un enfermo que se vaya a casa, que la culpa de enfermar ha sido suya y que la sanidad pública no es para él"

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Primero, porque la Constitución reconoce el derecho a la igualdad o, mejor dicho, a la no discriminación por cualquier circunstancia personal o social. Segundo, porque, en desarrollo de esta norma, la Ley General de Sanidad lo dice claramente. Y tercero, para quienes no conozcan el Derecho o este les sea indiferente, como es el caso del doctor Enjuanes, doctor en Medicina, pero no en Leyes, por humanidad. Ese noble sentimiento que, al parecer, le es desconocido.

Supongo que el galeno no beberá alcohol, ni fumará, ni practicará ningún deporte que implique un mínimo riesgo, ni comerá nunca alimentos calificados por la OMS como cancerígenos del grupo 2, es decir, carne roja, ni bollería, ni por supuesto fritos. Porque si algún día peca, como hacemos todos, débiles y traviesos humanos, y pide unas patatas fritas o unas ortiguillas en sus vacaciones en Cádiz y más tarde, quiera Dios que no ocurra, es ingresado por obstrucción de las arterias coronarias, lo más probable es que quiera ser atendido en un hospital. Y si esto sucediera, le asignarían una habitación y una cama porque, por fortuna, aunque los demás no seamos tan inteligentes como él, los valores y principios que hemos interiorizado desde pequeños nos impedirían decirle a un enfermo que se vaya a casa, que la culpa de enfermar ha sido suya y que la sanidad pública no es para él.

Posiciones como estas, extremas y desprovistas de compasión, no ayudan en un momento tan delicado como el que vivimos, en el que la necesaria protección de la salud pública choca, cuando se lleva a sus últimas consecuencias, con los derechos fundamentales más básicos contenidos en la Constitución.

Tal vez toque parar por un instante y contemplar al prójimo, al que piensa diferente, y ver en él no a un enemigo, a un potencial asesino, sino a un hermano, lo que en verdad es. Solo así podríamos salvarnos todos.

*Juez y escritor

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